El rudimentario blog de Roberto Frías (Ciudad de México, 1969), periodista y escritor. Un sitio sobre literatura y un sitio para escritores, fantasmas y amigos.
jueves, octubre 09, 2003
Hoy hablaba con Iliana de la irónica relación entre ideología y conocimiento. Si el conocimiento resulta ser parcialmente acumulativo (hay épocas en que en ciertos sentidos regresamos tres pasos mientras que en otros avanzamos también tres), se debe en gran medida a que la ideología imperante en cada época se encarga de dictar el norte de los esfuerzos que se dirigen a la supuesta adquisición del conocimiento. Esto es tanto como decir que generalmente debemos a las "modas ideológicas" lo que se estudia y lo que no, más que a la inercia que, aparentemente, le es propia al conocimiento. El conocimiento, en la más simple de sus acepciones, la que demuestra la naturaleza, es decir, la de prueba y error, sí suele guiarse por una especie de inercia de este tipo, le llamamos evolución. Pero hay que tener presente que en la naturaleza no existe nadie como nosotros (o por lo menos no se ha comprobado que otros seres vivos tengan el grado de conciencia que tenemos), por lo que somos los únicos que podemos aplazar el recorrido que la inercia natural del conocimiento nos exige, en favor de aquel que la ideología nos dicta. He aquí la relación irónica entre conocimiento e ideología. El primero nos permite generar el segundo, que a su vez nos estorba y nos oculta al primero, parcialmente. Entonces es inevitable pensar en lo que ya dijo Carl Sagan, ¿no seremos un accidente de la naturaleza? y yo digo, ¿no seremos el cáncer de la naturaleza, una especie de intrusión insólita de la conciencia que todo lo estorba, lo lleva al barroco, lo deja incompleto?
lunes, septiembre 15, 2003
Los nuevos demonios
Los verdaderos mutantes, alienígenas, sucubus y demonios de nuestro tiempo, los que acechan ahí afuera, son los diletantes. Están en todas partes, esperando un descuido nuestro para empujarnos al mal paso. Por lo general están en las presentaciones de libros, en los círculos sociales más cercanos, en las tiendas de discos, en las fiestas, en la oficina, entre los amigos de los amigos. Su necesidad de hablar con la gente, de sentir que cuentan (recordemos aquel cuento de Monterroso Uno de cada tres) los lleva al extremo de estudiar cuidadosamente lo que van a decir en cada reunión, los hay, lo sé, lo he visto, que incluso estudian su papel con denuedo. Una novela bien leída, unas reseñas, una noticia cultural, un documental memorizado, una receta extravagante, todo para entrar a formar parte de algo que no los incluirá jamás. No se trata de una actitud snob, se trata de sentido común. Si se quiere vivir entre escritores (no me imagino quien querría hacer esto, excepto, precisamente, los no escritores) se tiene que escribir. Pero el verdadero peligro de la diletancia mundial estriba en que quieren que todos nos quedemos a su lado. No vayan más allá, no me dejen sólo, no avanzen en sus carreras, en sus vidas, en sus grados académicos -parece gritar en su interior el diletante-, llévenme a sus actos sociales y yo diré de todo, opinaré. Es decir, el diletante hará siempre lo que sea necesario para que nos quedemos con él. Es capaz de invitarnos a los espejismos más diversos con tal de distraernos. Cualquiera funciona, cualquier fiesta, cualquier presentación editorial, cualquier cosa con tal de que no vayamos a casa. ¿Por qué? Porque en casa el diletante está, en el peor de los casos, solo, rodeado quizá de algunos libros, algunos discos, algunos cuadros, un poco de todo. Sabe que afuera hay cientos de lugares en los que otros viven sus verdaderas vidas de pintores, de escritores, de músicos, de críticos, malos o buenos, pero siendo lo que han elegido ser, mientras él contempla con amor una novela de su autor favorito y se dispone a releerla. Aunque sabiendo perfectamente que al final no hará nada con su contenido mas que memorizarlo, analizarlo y luego discutirlo en la tertulia que venga. Es triste, con los diletantes me he distraído enormemente, pero también con ellos he crecido y he sostenido muy buenas conversaciones, conversaciones que se pierden en la infinitud de la noche, como un hilo sin tregua.
Los verdaderos mutantes, alienígenas, sucubus y demonios de nuestro tiempo, los que acechan ahí afuera, son los diletantes. Están en todas partes, esperando un descuido nuestro para empujarnos al mal paso. Por lo general están en las presentaciones de libros, en los círculos sociales más cercanos, en las tiendas de discos, en las fiestas, en la oficina, entre los amigos de los amigos. Su necesidad de hablar con la gente, de sentir que cuentan (recordemos aquel cuento de Monterroso Uno de cada tres) los lleva al extremo de estudiar cuidadosamente lo que van a decir en cada reunión, los hay, lo sé, lo he visto, que incluso estudian su papel con denuedo. Una novela bien leída, unas reseñas, una noticia cultural, un documental memorizado, una receta extravagante, todo para entrar a formar parte de algo que no los incluirá jamás. No se trata de una actitud snob, se trata de sentido común. Si se quiere vivir entre escritores (no me imagino quien querría hacer esto, excepto, precisamente, los no escritores) se tiene que escribir. Pero el verdadero peligro de la diletancia mundial estriba en que quieren que todos nos quedemos a su lado. No vayan más allá, no me dejen sólo, no avanzen en sus carreras, en sus vidas, en sus grados académicos -parece gritar en su interior el diletante-, llévenme a sus actos sociales y yo diré de todo, opinaré. Es decir, el diletante hará siempre lo que sea necesario para que nos quedemos con él. Es capaz de invitarnos a los espejismos más diversos con tal de distraernos. Cualquiera funciona, cualquier fiesta, cualquier presentación editorial, cualquier cosa con tal de que no vayamos a casa. ¿Por qué? Porque en casa el diletante está, en el peor de los casos, solo, rodeado quizá de algunos libros, algunos discos, algunos cuadros, un poco de todo. Sabe que afuera hay cientos de lugares en los que otros viven sus verdaderas vidas de pintores, de escritores, de músicos, de críticos, malos o buenos, pero siendo lo que han elegido ser, mientras él contempla con amor una novela de su autor favorito y se dispone a releerla. Aunque sabiendo perfectamente que al final no hará nada con su contenido mas que memorizarlo, analizarlo y luego discutirlo en la tertulia que venga. Es triste, con los diletantes me he distraído enormemente, pero también con ellos he crecido y he sostenido muy buenas conversaciones, conversaciones que se pierden en la infinitud de la noche, como un hilo sin tregua.
jueves, septiembre 11, 2003
Y la absurda locura de la destrucción. Hace dos años que los norteamericanos la conocen de cerca... pero, claro, no tardaron mucho en hacer películas sobre ella... y nada más. Hace dos años, pero el 12 de septiembre, tuve que volar de Londres a Alemania. Ninguna estupidez vale tanto como para infundir tal pánico en la población. Yo no paraba de imaginar, sumido en la absoluta paranoia, que un loco se pondría de pie, armado con un cutter y se dirigiría hacia la enclenque puerta de nuestra cabina.
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